Tramell contra Tramell

Y la tortura existe. Y las flores de romero existen.
(A. Inglese, La distrazione, 2008)

 

Lo normal es que uno piense que el mal también es feo. Sin embargo, hay veces en las que lo monstruoso, lo horrendo, se resguarda ocultándose bajo unas insospechables capas de hermosura. Una de estas lleva el nombre de Eric Gaspard P. B. Tramell[1].

La primera vez que lo vi fue hace un par de meses. Acababa de ser trasladado y estaba sentado detrás de un escritorio de acero resplandeciente, dentro de una habitación vacía y sin ventanas. Me estaba esperando sin saberlo, con las piernas cruzadas la espalda recta y la mirada perdida en algún lugar detrás de sus muñecas esposadas, caídas encima de la mesa.

Me acuerdo muy bien de aquel día.
Me acuerdo que, antes de entrar, me quedé observándolo a través de la pared de espejo, escrutando aquel cuerpo quieto sentado en aquella habitación como en un templo, y pensé que yo no pintaba nada allí, que las neurosis posmodernas con las que me había acostumbrado a enfrentarme en mi trabajo diario no tenían nada que ver con lo inhumano escalofriante.
Me acuerdo que me pregunté qué significa inhumano, sospechando que la idea que todos tenemos de lo humano sea en realidad un fantasma, una fantasía, un concepto parcial e impreciso con el que nos decimos cómo debería ser y no como realmente es.
Me acuerdo que pensé que quizás el horror y la repulsión social hacia la crueldad no sean otras cosas sino la forma emocional que asume la estrategia genética de la repugnancia con la que nos defendimos de nosotros mismos, de nuestra propia naturaleza, reprimiendo un deseo oculto que nos habita a todos.
Me acuerdo también que temí la ambigüedad del miedo que estaba experimentando; aquel miedo que sentimos todos cuando nos encontramos delante de la fatalidad de lo inexplicable que nos hace pensar que nos podría pasar lo mismo, sin especificar si este mismo se refiere a la posibilidad de ser matados o a la de matar.

Luego, por un momento, por al menos un instante que me pareció un día entero, dudé: dudé de mi, de mis pensamientos, de mis sentimientos; dudé de mi mujer y de mis padres; dudé de mi hermano y de mis mejores amigos; dudé de mis compañeros de trabajo, de mis pacientes y de los vecinos; dudé de la cajera del supermercado donde voy a comprar cada quince días, y del portero que saludo todas las mañanas al salir de mi casa; dudé de todos mis conocidos y también de los desconocido, incluidos los que compartían la habitación conmigo en aquel frangente.
Me acuerdo que fue tremebundo como podría serlo un asesinato. Quizás porque, imperceptiblemente, sin ruido o notas de prensa, ni policía con los guantes ni fotógrafos ni testigos, la humanidad había muerto por un instante, de repente.Cuando me empujaron dentro de la habitación y oí la puerta cerrarse detrás de mis espaldas, estaba todavía siguiendo el hilo de mis pensamientos. Eric debió de darse cuenta, intuyendo mi trastorno, pero no dijo nada. Se quedó sin moverse en la misma posición que mantenía desde que llegué, terriblemente absorto, inexpresivo. Me dio la impresión como si me estuviese dejando ganar tiempo.

Tardé un rato en volver en mí, en asumir el papel que me habían asignado. Me encontraba desorientado. Me senté mirándolo a la cara, saludándolo con una incómoda sonrisa diplomática, acompañada por un ligero movimiento de la cabeza que él me devolvió respetuosamente.

Soy inocente me dijo apaciblemente, mientras yo intentaba tomar el tiempo necesario para buscar la manera de empezar, cogiendo sitio y reproduciendo encima de la mesa el desastre de papel, folios y documentos que habitaba mi maletín.
La voz, cálida y barítona, salió imperturbable como un mantra apaciguador desde las profundidades de un cuerpo que no le correspondía por ser demasiado grácil y joven y ambiguamente andrógino.
Tuve una extraña sensación de suspensión, de ensueño, como si mis oídos se hundieran en la suave viscosidad de aquellas palabras escapadas de la eclosión de sus labios, pronunciadas como desde un sitio muy lejano, un antro o quizás una cueva inhabitada, sepultada en aquel cuerpo vacío que ahora tenía enfrente inexplicablemente vivo, humano.

Para el mundo entero, Eric Gaspard P. B. Tramell es un monstruo. Algo demasiado distinto del hombre al que todos intentamos parecernos días tras día. No encaja en la descripción. Y esto porque Eric Gaspard P. B. Tramell, un estripper y actor porno bisexual de 29 años, un día como cualquier otro, subió con su amante chino a un apartamento que había alquilado por 490$ al mes en la tercera planta de un edificio en la periferia de Toronto y, delante de una camara de video, con los New Order tocando TrueFaith dentro de los altavoces, lo desnudó, lo ató a la cama, lo amordazó y lo mató con innumerable y mecánicos golpe de picahielo en el pecho, poco antes de cortarle la cabeza y descuartizar el resto de su cuerpo, desmembrandolo en partes anatómicamente coherentes que procuró enviar por correo a un par de escuelas y un par de partidos políticos de la ciudad, sólo después de haberse masturbado con algunas de ellas y alimentado con otras, dejando lo que quedaba a la merced de las fauces de un cachorrito sin pedigree chapoteando en un charco de sangre.
Así fue como el mundo llegó a conocer a Eric Gaspard P. B. Tramell. Y así es como lo recordará.

La histeria colectiva empezó cuando el montaje casero del video del asesinato se propagó por la red como el virus de la gripe en pleno invierno, llegando hasta las más podridas esquinas del planeta donde siempre hay una conexión y una coca-cola, también si la mayoría de los que viven allí se muere de hambre.
A lo largo de algunas semanas, nos pasamos varios desayunos paladeando café y rastreando como tiburones la estela de sangre trazada por las portadas de los principales periódicos del mundo, escondiendo la música del goce sádico que nos suele proporcionar este género de acontecimientos con el ruido de nuestros discursos repletos de buenos sentimiento, justicia barata y retórica de barra de bar.
Al final, como siempre solemos hacer cuando la insostenible carga de lo inexplicable amenaza con derrumbar el castillo de papel de la realidad dentro la que vivimos, nos defendimos del colapso lo mejor que pudimos, conviniendo todos en tachar de locura lo que no conseguimos explicar de otra forma sin perjudicar nuestra normalidad: alguien tiene que estar loco para que el resto pueda considerarse sano; alguien tiene que pagar el precio del supuesto orden donde gozan los demás.
Por esta razón, Eric Gaspard P. B. Tramell tiene que ser un monstruo: asumir su humanidad y su normalidad es inaceptable en la medida en la que, más que su ferocia, nos espanta el hecho de que se parezca a nosotros mucho más de lo que podemos tolerar – y nosotros a él.

De hecho, lo más escandaloso en todo este asunto no es el asesinato ni la perversa ferocidad de quien lo cometió, sino el hecho de que Eric Gaspard P. B. Tramell sí es humano: elegido por el caso, nació sin elección como todo el mundo, surgiendo de una muchedumbre espermatozoica soltada como un disparo por el ímpetu descontrolado de un coito anónimo dentro de un útero adolescente, y parido nueve meses después por la vagina de una mujer todavía demasiado hija para ser madre.
La primera vez que la vieja lo levantó del suelo agarrándolo por el cuello y sacudiendolo como un sonajero por haberse enlodado hasta al cuello de chocolate a la almendra, Eric tenía cuatro años y acababa de descubrir el significado del verbo “derretir”. Nunca supo si la paliza que recibió se debió a la mancha de chocolate grande como Rusia que dejó encima del sofá, al hecho de que estuviera comiendo chocolate cuando no debía, o a ambas cosas.
Se mudó a vivir con su abuela, una mujer hosca y ceñuda con un carácter autoritario y controlador, cuando a ésta se le ocurrió sacrificarse espontáneamente poniendo al servicio del nieto su excelente talento en el cuidado parental consistente en subordinación, zurras y castigos, apartándolo de tal manera de las malas influencias de las excentricidades adolescenciales de su madre.
Así pues, Eric empezó a vivir sumisamente bajo la supervisión de su querida abuela materna, cuyos discutibles modales acababan de poner fin, entre otras cosas, a más de cuarenta años de convivencia en el sacro vínculo del matrimonio con un obrero de la Unilever, cuya principal ocupación durante los últimos diez años de su vida marital fue evitar de llegar a su casa demasiado temprano o demasiado sobrio.

A pesar de todo, Eric creció y se hizo mayor, como se hacen mayores todos los niños del mundo, acostumbrándose, de una manera que todavía no logro figurarme, a una convivencia forzosa con aquel inextinguible anhelo infantil de ser rescatado del báratro de la arbitrariedad de la existencia.
Si nacemos desde una excrecencia del tiempo, todos hemos experimentado, al menos una vez, el vacío. La manera en la que cada uno elige rellenarlo representa el fundamento de su unicidad en la que aprende a reconocerse.
La sensación de la vida como acontecimiento absurdo es algo que late en el fondo de todo ser humano el cual, nada más nacer, lo primero que hace es llorar a todo pulmón la angustia que le provoca la obligación a ser, sin saber porqué ni qué ni cómo.
Los más afortunados tenemos la suerte de habernos olvidado de todo esto, de lo que significa enfrentarse a la violenta ineluctabilidad de la vida, a su cruel arbitrariedad. Lo más afortunados tuvimos la suerte de cruzarnos con una mirada repleta de sentido, el mismo que, por herencia, hicimos nuestro y bajo el cual yace oculta y silenciosa aquella sensación ancestral que nos abruma sólo de vez en cuando, mientras vivimos día tras día creyendo de saber quienes somos.

Un indicio de valor, la promesa de un sentido, saber quien era: esto es lo que pedía Eric, y esto es lo que nunca recibió. Por esta razón, Eric tuvo que buscar él solo su propio sentido sacándolo de la nada, encontrando la manera de introducirse en el mundo como un nuevo personaje sin nombre ni pasado que aparece sin presentaciones en el medio de una película ya empezada sin tener nada que contar.
Y justo por no tener nada que contar, Eric aprendió a defenderse del vacío, del rechazo y de la indiferencia – es decir, de la disolución – encerrandose en un mundo imaginario hecho de historias inventadas que él mismo acababa creyéndose.
El problema es que él era el único en creer a estas historias, inventadas por llamar la atención y suscitar el interés de alguien que pudiera confirmarle que él existía de verdad. Y más historias inventaba, más se alejaba de su objetivo, convirtiéndose en un tipejo, en el hazmerreír de la compañía, reforzando el círculo vicioso del rechazo del que nunca logró salir.

Se ha opinado mucho sobre la personalidad de Eric. Hasta las más ilustres mentes del mundo de la psicología, del psicoanálisis y de la criminología se han incomodado para esclarecer el horizonte de la verdad sobre el caso Tramell.
Se ha hablado de megalomanía, de delirios de omnipotencia, de desorden de la personalidad, de edipo no resuelto; hasta se ha mencionado la esquizofrenia.
Sin embargo, no es imprescindible ser un iluminado de las ciencias de la psique para reconocer el dolor. No es imprescindible ser un profundo conocedor de los secretos de la mente para comprender el nivel de problematicidad de un hombre que no sabe quien es porque nunca a nadie se le ocurrió contárselo. Un hombre que es incapaz de decidir el color de su pelo así como su nombre propio o su orientación sexual. Un hombre, al fin, que encontró en la pornografía el surrogato de aquella humanidad que estaba buscando y con el que pudo aguantar 29 larguísimos años de vida totalmente vacía.
Al contrario, sí es imprescindible la titulación profesional, el reconocimiento académico, la experta estandarización taxonómica del sufrimiento a la hora de juzgar, definir, circunscribir un acto humano dentro de los márgenes de una explicación racional pseudocientífica capaz de impermeabilizar la normalidad, aislándola a toda costa de todos aquellos acontecimientos que se producen en lo más profundo de su vientre podrido, dejando que el tiempo y el olvido los conviertan paulatinamente en fatalidades, excepciones, desviaciones puntuales.

Es legítimo, me digo, cuando empiezo a tener la sensación de que mi razonamiento se acerca peligrosamente al silogismo “vaya infancia, pobre niño!”, tìpico de la televisión o de la prensa sensacionalista que quieren entretener a toda costa su audiencia, sin incomodarla demasiado.
No hay dudas de que algo grave y horrendo ha pasado, que aquí alguien ha muerto de una muerte espantosamente feroz e injustificable. También está claro que Eric Gaspard P. B. Tramel, este joven hombre que me mira ahora con sus ojos vacíos como cáscaras sin pulpa, es el responsable. Pero la pregunta es: ¿de quién es la culpa?

Soy inocente, me dijo Eric mirándome fijamente a los ojos, nada más entrar y sentarme.
Pero ¡qué coño dices! podría haberle contestado, acompañando el grito con un puñetazo encima de la mesa de acero.
Sin embargo, incapaz de proferir palabra, no contesté nada y le creí. Me lo imaginé de pié, en medio de la habitación, vestido de negro con la sudadera cubriendole hasta la cara y con muchas ganas de desaparecer, listo para dar el paso final y decidido en acabar una vez por todas con todo lo que le había estado literalmente jodiendo a lo largo de toda su vida.

Cuando alguien llega a buscar la paz en lo inhumano y las respuestas en el sinsentido para escapar a la inconmensurabilidad de un dolor, los que le miran incrédulos descubren de golpe la total ausencia de explicaciones de cualquier ética o justicia, que se revelan en su total insuficiencia por lo que realmente son: un conjunto de normas incapaces de explicar nada y que, más que rescatar lo perdido juzgandolo y entendiéndolo, se preocupan de proteger lo que queda acogiéndolo en el materno y reconfortante abrazo de la normalidad.
La anulación como solución: matar a alguien y a la vez acabar consigo mismo para que al final, como en una obra de Shakespeare, no quede nadie, no quede nada.

Si 1 lunatic 1 ice pick[2] fuera una película, sería una obra de arte[3] (ya me imagino las colas en las taquillas y las sutilezas de los críticos rellenando los periódicos), y la letra de “TrueFaith” de los New Order una declaración de poética.
Desafortunadamente – no sé si más para Eric o para nosotros –  1 lunatic 1 ice pick no es una película. La imagen de la cabeza encima de la mesa; las escenas de Eric masturbandose con un brazo inanimado cubierto de sangre; el terror que debió de sufrir el joven chino atado a la cama, cuando sintió el frío del acero del cuchillo sobre la garganta; la expresión cansada y a la vez aliviada de Eric, sentado justo al otro lado de la mesa…
Todo esto me hizo sentir inexplicablemente culpable, de una culpa antigua, casi primordial, que viene desde tan lejos que no es posible saber de donde origina.
Por esto, cuando nada más sentarme, Eric Gaspard P. B. Tramell me dijo Soy inocente, no le contesté nada: cerré los puños unos momentos y le creí. Por esto, le miré a la cara, le sonreí y empecé a contarle una historia, aquella historia que nadie nunca le contó: la suya.

Es muy probable que todo esto lo hiciera por mí, para buscar algún tipo de salvación que me aliviara un poco. Y esto todavía me duele.


New Order – True Faith por hushhush112


[1] Este nombre es el resultado de la suma de varios: Eric es el nombre real del asesino, Eric Clinton Kirk Newman; Gaspard es el nombre propio del actor Gaspard Ulliel, uno de los interpretes de Hannibal Lecter; P. B. son las iniciales de Patrick Bateman, actor protagonista de la película “American Psycho”; Tramell es el apellido de Catherine, la protagonista de la película “Basic Instinct”. Por lo visto, según algunos “expertos”, estos son los personajes y las películas a los que supuestamente se ha inspirado el asesino.

[2] Esto el título del video casero publicado en la red después del asesinato.

[3] Lo malo es feo, lo bueno es bello: una verdad paremiológica que se ha ganado la evidencia de una perogrullada por demostrar su validez en la mayoría de las situaciones, convirtiéndose en ley. Nos hemos evolucionado como especie a lo largo de miles de años porque nos hemos alejado de bestias amenazantes, lugares siniestros y plantas repugnantes, mientras copulábamos con los miembros más hermosos de la tribu.
Pero, si nos olvidaramos de este silogismo genético prestado a la lógica con el que solemos solapar lo ético con lo estético, si evitáramos por un momento entrar en el sacro terreno del bien y del mal en una especie de suspensión del juicio, quizás podríamos descubrir algunas de aquellas inexploradas razones que yacen sepultadas en la arbitrariedad de los hechos humanos.

(‘Cannibal’ … Luka Magnotta is accused of dismembering lover)

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