Trabajar cansa n.1: Víctor

tempi-moderni

Todo empezó a complicarse irremediablemente cuando el amplio abanico de opciones disponibles con el que solía orear sus jornadas se redujo sin preaviso en un esmirriado número de posibilidades que exigían una elección sin demora.
Pasó de repente, por la mañana. Había transcurrido alrededor de cuatro años desde la última crisis económica que arrastró al mundo en un báratro financiero cuando, un día como cualquier otro, mientras varios miles de brokers del planeta hacían felices a unas pocas docenas de afortunados millonarios del mismo planeta, por primera vez después de un tiempo que había dejado de medir, Víctor se despertó sin aquel sutil azoramiento sepultado en un recoveco del estómago al que se debía aquella crónica sensación de náusea que le había acompañado a lo largo de todos los días que lograba recordar.
Se quedó en la cama boca arriba, con los ojos hacia el techo observando como la luz, filtrando por los agujeros de la persiana entreabierta, se tragaba la sombra de la habitación. Entonces se acordó que le habían despedido.
Debido a una inaplazable reestructuración de la empresa necesaria para superar las difíciles circunstancias de este período tan complicado, le dijeron. Le dijeron sentimos mucho que tengas que ser tú, y quizás era verdad. Le preguntaron si tenía alguna consulta; él les estrechó las manos, recogió sus cosas y se fue sin protestar.

Desde su casa a la oficina son veinte minutos andando. Durante todo el camino y el resto del día, Víctor intentó no pensar mucho en lo ocurrido, pero hasta una cierta hora. Luego se acostó en la cama, apagó la luz y se durmió inesperadamente sin dificultades. Cuando despertó ya eran las nueve de la mañana. Se levantó, se puso un café y se dirigió al baño para asearse.
Le gusta sentir el frío del agua esculpirle la cara, y la frescura del mentol en la boca que parece por fin vacía. Está convencido de que el vacío se parece a su boca por la mañana, después de haberse cepillado los dientes.
Se quedó enfrente del espejo observándose, preguntándose sobre su valor mientras esperaba que su cara terminara de escurrir: lo que ganas es lo que cuestas; lo que cuestas es lo que vales; lo que vales es el tiempo que el mundo tarda en metabolizar tu ausencia reemplazándote. Fin.
Apagó la luz y volvió a la cocina con las últimas gotas de agua atrapadas en la barba o en vilo sobre alguna arruga.

Hay momentos en los que es necesario resurgir detrás de tus propias espaldas para coger la vida in fraganti. Hay momentos en los que ya no se puede rehuir, en los que uno ya no puede escaquearse jugando al gato y al ratón con la realidad, saltando felizmente de un simulacro de sí mismo a otro. Hay momentos en los que el tiempo restringe su envergadura, reduciendo el espacio a disposición de las boberías. En otras palabras, hay momentos en los que uno se entera más que en otros de que está jodido – y lo sabe con un elevado grado de certeza.
Éste era uno de esos momentos.

Se puso lo primero que sacó del cajón del armario y salió cerrando la puerta a sus espaldas.

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