Noches obreras

operai 011

A todos los obreros y a sus hijos.

 

El comedor de mi casa no es grande. Pero es acogedor y tiene dos balcones desde donde entra todo el sol del sur, por la mañana.
Es lo bastante amplio para recibir una mesa redonda, cuatro sillas, un sofá, un sillón, el muebles que ocupa toda la pared con el hueco para el televisor nuevo.
Mi padre.
Si lo veo es porque es hora de cenar. Y si viene a cenar es porque no tiene el turno de noche. Nadie sabe nunca si está porque no le toca trabajar o porque está en paro forzoso: él no nos dice nada, y nosotros hemos aprendido a no preguntar.
Mi madre no le pregunta porque sabe que empezaría a imprecar. Creo que, de alguna manera, lo intuye a través de imperceptibles indicios que ella sólo es capaz de captar.
Mi hermano no pregunta porque ni siquiera sabe lo que significa paro forzoso. Su mayor problema es encontrar la manera de procurarse una playstation, de las que se pueden trucar para que funcionen los juegos copiados de los originales de sus amigos.
Yo, sólo sé que ensalada con atún significa paro forzoso y pollo a la plancha con patatas al horno o fritas algo distinto, seguramente mejor.Yo no le pregunto a mi padre por qué ha venido a cenar, porque cuando se come no se habla de trabajo. Por lo menos, esto es lo que siempre he oído repetirme y, al fin, me parece bien: mi padre ha venido a cenar, y esto es todo.
No es que tenga una particular necesidad de tenerlo allí, a mi izquierda, sentado con los brazos que de las espaldas caen sobre las rodillas, la cara cansada con la mirada baja, los dedos que juegan con el mantel, mientras esperamos que llegue mi madre con la comida. Pero me gusta la puesta en escena de cierta ritualidad que convierte una cena cualquiera en una cena con mi padre.
Por ejemplo, si cena con nosotros, es él quien corta el pan. Lo hace como si fuera una tarea complicadísima y peligrosa, de la que nos protege tomando las riendas de la situación, agarrando cuchillo y pan y preguntando quién quiere un trozo. Como si no supiera que cuando él no está, el pan lo cortamos nosotros. Otra posibilidad es que lo sepa, y que por eso quiera compensar la falta con un toque de sacralidad.
A menudo me entretengo observándolo, escrutando la seriedad con la que absuelve esta tarea tan simple como necesaria, intentando entender como le ha ido el día según como se enfrenta al pan: colocándole encima el cuchillo con pericia y precisión, como si estuviera cortando con una sierra una pieza de madera preciosísima; o bien clavándole el cuchillo con un corte neto a mitad de la lámina, como una hacha sobre un cuello.
Sea lo que sea, para él el pan es una razón de orgullo – siempre.
Cuando se dispone a cortarlo, a menudo se pone de pie para proporcionar al corte más fuerza y precisión, mientras sus gestos transforman aquel enorme, plano platillo volante marrón en una hostia gigante o en una especie de obra de arte.
Esto es lo que veo en los ojos de mi padre cuando agarra a dos manos su orgullo obrero, hijo de una virilidad anticuada que le hace sentirse hombre, padre, marido: digno.
Cuando llega mi madre con los platos, mi padre ha repartido el pan, procurando reservar para ella la parte inicial con la corteza que tanto le gusta. El hecho de que un hombre como él, bastante cerrado y rígido aunque no excesivamente brusco, sea capaz de dispensar esta serie de discretas manifestaciones de cuidado simple y cariñoso me ha inducido siempre cierta sorpresa.
Empezamos a comer con la tele que hace de fondo al silencio, interrumpido sólo por pequeños gestos de los brazos o de las bocas.
Rellenada el hambre con los primeros bocados, la concentración que habíamos puesto cada uno en su propio plato se interrumpe cuando mi madre empieza a listar las cosas que quedan por hacer y mi padre nos pregunta cómo nos ha ído en la escuela.
A mi padre le interesa mucho saber cómo nos va en la escuela, aunque parezca que no porque cuando empezamos a hablar su mirada se hunde en el plato como si un importantísimo interlocutor se escondiera por debajo de la comida. Yo sé muy bien que aquel interlocutor está en su cabeza y que él está esforzándose al máximo para que se calle.
Así que empiezo a decir algo para mí sin ninguna importancia, y que sé que puede interesar mucho a mi padre por el simple hecho de no pertenecer a su normalidad.
Sé por cierto que muchas de las cosas que yo le cuento, él no las entiende. Y quizás sea precisamente por esto que se pone contento, porque cree que el hecho de que yo me dedique a cosas que no puede comprender me haga mejor que él.
Cuando lo veo un poco afligido, sé que lo mejor que puedo hacer no es preguntarle qué le pasa: no me contestaría nunca y, probablemente, correría el riesgo de herirlo, destapando aquella vulnerabilidad que intenta ocultar por dignidad o por orgullo, para que nos sintamos protegidos. Así que empiezo a contarle los pocos resultados escolares de los que puedo estar orgulloso, esperando que no se dé cuenta de los exámenes reciclados de otras ocasiones o de las notas un poco hinchadas, ganando un padre un poco más aliviado.
Sin embargo, el peso de su mirada absorta y triste a la vez, repleta de excusas por no ser mejor que me llega encima, es insostenible. De repente sus espaldas me parecen más curvadas, sus gestos más tímidos, sus manos más frágiles, sus ojos más lúcidos. Entonces me gustaría decirle padre estoy orgulloso de ti, pero no puedo y espero que de un modo u otro él lo entienda.
A veces su frustración obrera es tan grande que llega hasta las fronteras de mi pequeña persona todavía demasiado indefinida, y el deseo de rescatar a mi padre de la cadena de montaje, que ha endurecido sus manos y las escasas caricias, sobrepasa el deseo de redimirme a mí mismo. Así que huyo a refugiarme en el bar del barrio, alienándome en el primer tiro de la blanca sobre la mesa verde del billar, repitiendo el movimiento una y otra vez hasta volver a tener la certeza de las cosas – de algunas cosas.
Ayer, como todas las noches, volví a casa para la cena. Mi padre estaba en casa, pero no sentado a la mesa. Oí que lloraba en su habitación. Que decía a mi madre ha ganado el sí.
Yo no supe qué hacer, comí un bocadillo y me acosté pronto, sin decir nada.

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