Category Archives: Crónicas

Cachemira

molo

Ser nada más: la nada es esto. Ser nada más allá de la propia soledad, con un toque de locuacidad. ¿Y para qué?

Desde el día en el que tuve la impresión de haberlo entendido todo de un golpe cambiaron muchas cosas.
Empezó así: era de noche y lloraba en un huerto. Era verano. Estaba sentado sobre una piedra bajo la copa de un manzano marrón. Cuando D. vino a buscarme, ya no quedaba nada por decir. Imaginar el día siguiente: hacer de nuevo las mismas cosas, del mismo modo, otra vez, como si nada hubiera pasado. Imposible. Las palabras por pronunciar se anidaban bajo las múltiples variantes de un dolor que doblegaba al silencio cualquier discurso. Hacía falta poner orden. Continue reading Cachemira

Arthur Reid – O la fidelidad

 

Arthur Reid

La puerta del Griffin se abrió a las tres en punto de la tarde como todos los días a lo largo de los últimos setenta y dos años.

Fuera, el gris del asfalto se mezclaba con el del aire frío que despedía al otoño con una espesa capa de niebla noviembrina. Detrás de la tupida llovizna inglesa, apareció Arthur empapado hasta las gafas, intentando cerrar el maldito paraguas antes de entrar con toda la prisa que su cuerpo noventañero le permitía.

Sin que la urgencia de un refugio alterase mínimamente su contención británica, cerró con premura la puerta sobre las calles desiertas de Warmley, se limpió los zapatos mojados encima de un educado felpudo que decía Hello y dejó el paraguas a escurrir en una esquina a un lado de la entrada.
Lo hizo todo con el cuidado de un hombre diligente que acaba de regresar a su propia casa y, al fin y al cabo, el Griffin había sido su segundo hogar a lo largo de más de siete décadas. Continue reading Arthur Reid – O la fidelidad

Tramell contra Tramell

Y la tortura existe. Y las flores de romero existen.
(A. Inglese, La distrazione, 2008)

 

Lo normal es que uno piense que el mal también es feo. Sin embargo, hay veces en las que lo monstruoso, lo horrendo, se resguarda ocultándose bajo unas insospechables capas de hermosura. Una de estas lleva el nombre de Eric Gaspard P. B. Tramell[1].

La primera vez que lo vi fue hace un par de meses. Acababa de ser trasladado y estaba sentado detrás de un escritorio de acero resplandeciente, dentro de una habitación vacía y sin ventanas. Me estaba esperando sin saberlo, con las piernas cruzadas la espalda recta y la mirada perdida en algún lugar detrás de sus muñecas esposadas, caídas encima de la mesa.

Me acuerdo muy bien de aquel día.
Me acuerdo que, antes de entrar, me quedé observándolo a través de la pared de espejo, escrutando aquel cuerpo quieto sentado en aquella habitación como en un templo, y pensé que yo no pintaba nada allí, que las neurosis posmodernas con las que me había acostumbrado a enfrentarme en mi trabajo diario no tenían nada que ver con lo inhumano escalofriante.
Me acuerdo que me pregunté qué significa inhumano, sospechando que la idea que todos tenemos de lo humano sea en realidad un fantasma, una fantasía, un concepto parcial e impreciso con el que nos decimos cómo debería ser y no como realmente es.
Me acuerdo que pensé que quizás el horror y la repulsión social hacia la crueldad no sean otras cosas sino la forma emocional que asume la estrategia genética de la repugnancia con la que nos defendimos de nosotros mismos, de nuestra propia naturaleza, reprimiendo un deseo oculto que nos habita a todos.
Me acuerdo también que temí la ambigüedad del miedo que estaba experimentando; aquel miedo que sentimos todos cuando nos encontramos delante de la fatalidad de lo inexplicable que nos hace pensar que nos podría pasar lo mismo, sin especificar si este mismo se refiere a la posibilidad de ser matados o a la de matar.

Luego, por un momento, por al menos un instante que me pareció un día entero, dudé: dudé de mi, de mis pensamientos, de mis sentimientos; dudé de mi mujer y de mis padres; dudé de mi hermano y de mis mejores amigos; dudé de mis compañeros de trabajo, de mis pacientes y de los vecinos; dudé de la cajera del supermercado donde voy a comprar cada quince días, y del portero que saludo todas las mañanas al salir de mi casa; dudé de todos mis conocidos y también de los desconocido, incluidos los que compartían la habitación conmigo en aquel frangente.
Me acuerdo que fue tremebundo como podría serlo un asesinato. Quizás porque, imperceptiblemente, sin ruido o notas de prensa, ni policía con los guantes ni fotógrafos ni testigos, la humanidad había muerto por un instante, de repente. Continue reading Tramell contra Tramell

Noches obreras

operai 011

A todos los obreros y a sus hijos.

 

El comedor de mi casa no es grande. Pero es acogedor y tiene dos balcones desde donde entra todo el sol del sur, por la mañana.
Es lo bastante amplio para recibir una mesa redonda, cuatro sillas, un sofá, un sillón, el muebles que ocupa toda la pared con el hueco para el televisor nuevo.
Mi padre.
Si lo veo es porque es hora de cenar. Y si viene a cenar es porque no tiene el turno de noche. Nadie sabe nunca si está porque no le toca trabajar o porque está en paro forzoso: él no nos dice nada, y nosotros hemos aprendido a no preguntar.
Mi madre no le pregunta porque sabe que empezaría a imprecar. Creo que, de alguna manera, lo intuye a través de imperceptibles indicios que ella sólo es capaz de captar.
Mi hermano no pregunta porque ni siquiera sabe lo que significa paro forzoso. Su mayor problema es encontrar la manera de procurarse una playstation, de las que se pueden trucar para que funcionen los juegos copiados de los originales de sus amigos.
Yo, sólo sé que ensalada con atún significa paro forzoso y pollo a la plancha con patatas al horno o fritas algo distinto, seguramente mejor. Continue reading Noches obreras