Cachemira

molo

Ser nada más: la nada es esto. Ser nada más allá de la propia soledad, con un toque de locuacidad. ¿Y para qué?

Desde el día en el que tuve la impresión de haberlo entendido todo de un golpe cambiaron muchas cosas.
Empezó así: era de noche y lloraba en un huerto. Era verano. Estaba sentado sobre una piedra bajo la copa de un manzano marrón. Cuando D. vino a buscarme, ya no quedaba nada por decir. Imaginar el día siguiente: hacer de nuevo las mismas cosas, del mismo modo, otra vez, como si nada hubiera pasado. Imposible. Las palabras por pronunciar se anidaban bajo las múltiples variantes de un dolor que doblegaba al silencio cualquier discurso. Hacía falta poner orden.

D. es el rey del orden, con él encaja siempre todo a la perfección: un pozo de inteligencia y despiadada lucidez al servicio de un incontenible impulso obsesivo-compulsivo.
– Maldita sea, dijo mientras se me acercaba; luego añadió otras cosas sin importancia. Relevante era, en cambio, que estuviera allí conmigo. Cualquier otra cosa que hubiese pasado, él habría sabido explicarmela.

Fue D. quién me dio la noticia una semana antes, de la única manera que conocía: razonablemente. – ¿Sabes lo que ha hecho F.?, me dijo. – No, le dije yo, ¿qué ha hecho?. – Ha muerto, el imbécil. Un accidente en la autopista mientras volvía a su casa. Y nosotros ahora ¿qué hacemos? no pensó en nosotros el cabrón, no se le ocurrió pensar en nosotros… – Ahora te llamo.
Afuera había unos cuarenta grados. Yo boqueaba como un pez en el sofá sin moverme, tragando el aire espeso de melaza desnudo como un lombriz.

La muerte siempre incomoda, ridiculiza a los que se quedan. Cada cosa se convierte en un exceso de inutilidad. Nos hace sentir como quien no aguanta el mutismo de una habitación llena de gente silenciosa y, entonces, improvisando, habla de cosas sin importancia. Así, en el medio de la muerte, no podemos dejar de vivir. Lo hacemos con sagacidad, evitando decirnos cómo están verdaderamente las cosas, como si no supiéramos que, al fin y al cabo, vivir es una mentira pillada in fraganti, un menearse sin criterio en la locura de una ficción, un gigantesco delirio colectivo.

No hizo falta mucho para que F. entrara a formar parte de aquella restringida hilera de amigos para los que habría dejado que me quitaran un riñón sin pedir nada a cambio. Era una multitud de conflictos, el resultado de una constante lucha intestina hecha por choques silenciosos nunca exhibidos, escondidos bajo la ostentada placidez de quien parecía tener todo bajo control y no era cierto.

A decir verdad, estábamos todos así, nos lo pasábamos bien sin en el fondo ser felices – y lo sabíamos. Ni siquiera intentábamos serlo un poco. No es que fuésemos más tristes que los demás, pero sí más honestos – o así nos parecía.
Como las esperanzas acababan siempre convirtiéndose en deudas con la vida o en amenazas del destino, nos limitabamos a recortarnos cuartos de hora parecidos a la felicidad, quitando al tiempo el tiempo de humillarnos. Así pensábamos en algo que hacer para mantenernos ocupados, como aquella vez que juntos en Trieste tardamos un fin de semana para seguir siendo los mismos.

Engañábamos a los días pero nunca a nosotros mismos: nada de soluciones. Teníamos esto en común: la lucidez de quien ha aprendido a ver a través de la transparencia de su propia soledad sin dejarse nublar la vista por inútiles gimoteos. Los que están solos están dentro – y no por esto tiene que ser oscuro.

Entre nosotros siempre se estaba a salvo: la cercanía era penetración, no proximidad. Como una matrioska, cada uno contenía a los demás. Formábamos una oasis en medio del campo de los arrodillados: había una agua para toda sed y se caía siempre de pie.

Estrictamente anclados en unas pocas necesidades básicas, era fácil hundirse en el deseo o en la inanición mientras lo dábamos todo por intentar seguir siendo humanos en medio de aquella masa de aturdidos con los que compartíamos los días.

La vida se reducía a pocas preferencias y alguna fantasía; un continuo asombrarse de la nada. Nos despertabamos con tanta oscuridad en los ojos que mirando alrededor todo parecía aún más que negro: vano, vacío. Verdadero.

No hay mejor sitio para sentirse inútil que debajo de la blanca luz del sol, en una de aquellas mañanas lerdas como una procesión de cojos en las que es normal preguntarse qué demonios hacen los hombres en el mundo a parte levantar el polvo cuando se arrastran. Y como hasta la mañana más corta es demasiado para un hombre solo, solíamos desayunar juntos pensando en cómo gastaríamos todo aquél día que sobraría después del café.

Normalmente nos tocaba enfrentarnos a la inmensa fatiga de armarnos de práctica cobardía para entrar en el mundo sin levantar sospechas. Otras veces, por el contrario, la nostalgia del caso para ciertos momentos nos abría un resquicio y entonces entrábamos en los días como bárbaros listos para el saqueo.
En aquellas ocasiones, sin embargo, era necesario quedarse tranquilos, evitar dejarse llevar por fáciles entusiasmos. Cuando la luz en la habitación es de una vela, hay que moverse despacio.

Vivíamos en el centro aunque un aire de periferia empapaba de desolación las calles y todo lo que había en ellas. Quizás por eso pensábamos a menudo en cómo el crimen cotidiano de la riqueza se renovaba cada día prescindiendo de nosotros.

Existir era casi una injuria, un cotidiano acto de hostilidad perpetrado en contra de los límites del mundo, mientras la esclavitud del pan nos obligaba a vivir de evidencias, a morir cada día para luego resurgir a nuestras espaldas cogiendo la vida in fraganti.

Sepultados por las ideas en los embudos postmeridianos, era un atrincherarse detrás de sacos de silencio hasta el anochecer: pocos los gestos y pocas también las palabras. Con la oscuridad nos despojábamos de todo lo innecesario que nos hizo falta para estar con quién esperaba algo de nosotros, para adentrarnos en la ciudad desierta que venía hacia nosotros abrazándonos con sus filas de luces. Parecía como si estuviera allí, a la espera, caída como si alguien la hubiese perdido.

El miedo de los hombres lo perdí cuando entendí que nadie habría podido herirme más que un amigo que muere sin avisar. Es así como lo veo yo. Cuando bajas a un amigo a un hoyo en el suelo y te quedas con las cuerdas sueltas en las manos entiendes que la vida te ha encontrado, ha dado con tu escondrijo y lo ha hecho deflagrar.

Desde que F. ya no está, falta el aire hasta en el pelo, y nosotros, estallados en mil astillas, hemos quedado como hiedras amarradas a las grietas mejores.

Al ver toda aquella carne y ni un movimiento, sentí llegar desde el estómago una sensación tan grumosa que no pude reconocerla. Me agaché sobre la inmóvil obstinación de aquel cuerpo y observé con desapego la fisionomía de un rostro falto de bajezas, mortificado por el abandono de toda expresión. Fue una pésima idea. Faltó poco para que le vomitara encima del traje nuevo.
Luego vi al cura confortarlos a todos con palabras de consuelo y desee ensañarme sobre él blasfemando como un carnicero.

La muerte es cosa sin mucha importancia solo para los que han perdido la imaginación. Nosotros siempre tuvimos mucha para no vernos altos como ratas, pero ¿cuánta hace falta ahora para imaginarnos todavía vivos?

Desde que yo también subí a la colina de los colgados, domino la perspectiva de quién se queda. Y es infinito el horizonte de la espera que está de guardia en este enorme depósito de vidas con la melindrosa afabilidad de un guardacoches abusivo. Kilos de fatiga desperdiciada para resistir, insistir en estar en un perpetuo estar sin.

Si nacer es caer en el pozo de la propia conciencia, morir es llevarse el cubo en la cara. Las verdades como esta se parecen a la cachemira: crecen sutilísimas e indiferentes bajo el vello espeso de la historia, y para cada quintal de sucesos de todo tipo no se obtienen más que unos pocos gramos. Es necesario saber buscar.
También es notorio que las verdades, como las cosas, existen sólo si uno se da cuenta. Y yo, en cierto momento, me he dado cuenta. Me he dado cuenta de saber que existir no sirve para nada.

Estaba con D. en la autopista, dentro de un Fiat Panda lanzado a la loca velocidad de 90 km por hora en dirección Bologna. Conducía L. que no había pronunciado ni una palabra en todo el fin de semana, agarrado como siempre a los gélidos asideros de su cinismo con el que se defendía de la vida evitando que todo se precipitara, incluído él.

El descubrimiento me produjo un poco de melancolía y ninguna tristeza. En el fondo fue un gran alivio saber que ya no estaba sirviendo a otros fines que no fueran los de la mera supervivencia. Todo parecía igual que antes, excepto el peso de la ligereza.
Entonces ¿es esta la libertad? Si es así como uno se siente, un hombre no sabe qué hacer con tanta libertad si no le sirve ni siquiera para exultar.

En el coche había sobre todo silencio, se hablaba por hablar o se miraba fuera. Nunca llegamos a decírnoslo, pero nadie tenía gana de llegar. Nadie tenía gana de descubrir que todo se había quedado igual salvo nosotros.

Nos habíamos quedado sin nada, sin ningún atisbo de lo que fuimos. Solo unos gramos de cachemira y dos manos para terminar todo lo que todavía quedaba por hacer.

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