Arthur Reid – O la fidelidad

 

Arthur Reid

La puerta del Griffin se abrió a las tres en punto de la tarde como todos los días a lo largo de los últimos setenta y dos años.

Fuera, el gris del asfalto se mezclaba con el del aire frío que despedía al otoño con una espesa capa de niebla noviembrina. Detrás de la tupida llovizna inglesa, apareció Arthur empapado hasta las gafas, intentando cerrar el maldito paraguas antes de entrar con toda la prisa que su cuerpo noventañero le permitía.

Sin que la urgencia de un refugio alterase mínimamente su contención británica, cerró con premura la puerta sobre las calles desiertas de Warmley, se limpió los zapatos mojados encima de un educado felpudo que decía Hello y dejó el paraguas a escurrir en una esquina a un lado de la entrada.
Lo hizo todo con el cuidado de un hombre diligente que acaba de regresar a su propia casa y, al fin y al cabo, el Griffin había sido su segundo hogar a lo largo de más de siete décadas.

Los cristales de sus gafas seguían empañados. Por esto, antes de ir hacia su sitio habitual, Arthur decidió quedarse en la puerta para no arriesgarse en un tropiezo y allí, esperando sin moverse los efectos del calor sobre su vista y los músculos de su cuerpo, se quitó un par de capas de ropa que envolvían una figura más ágil que fuerte, aprovechando un escalofrío para sacudir su abrigo.

Fue cuando su vista volvió lentamente a la normalidad que se dio cuenta de que estaban todos de pie, arrimados al amplio escaparate del pub mirando fuera, hacia el otro lado de la calle.

Las únicas dos personas que seguían en su sitio eran el buen viejo Don detrás de la barra, y una joven mujer que se había quedado mirando su cerveza, empotrada en una esquina al otro lado de la sala.
Arthur la observó sin demasiada atención y por un momento le pareció la chica más triste que jamás había visto bebiendo una cerveza.

– Pero, ¿qué demonio pasa hoy, Don? – dijo Arthur con picardía – ¿es que los has castigados a todos, o es un motín contra ti por haber subido el precio de las pintas?

– Ojalá fuera esto, amigo mío… – contestó Don un poco desanimado. – Es la señora Stein.

Arthur se quedó sin moverse en el centro de la sala. Algo debió de pasar en su cara porque Don se asustó. Intentaba hablar pero le resultaba imposible. Tenía la boca seca y sentía como si su cuerpo estuviera entumecido.

Qué le ha pasado,… Don? – logró decir al final, casi suplicando, con los ojos desgranados y la voz muy débil.

– Ha muerto – murmuró Don, mirando el suelo, con una voz baja y barítona, mientras terminaba de prepararle su solita pinta de Courage. – Esta mañana.

Arthur se dio la vuelta aterrorizado. Miró hacia el escaparate pero los que estaban allí de pie no le dejaban ver.
Sin darse cuenta, dejó caer al suelo su abrigo, dio un par de pasos hacia la ventana como un místico que acaba de ver la Virgen y entonces se desmayó.

– Dejadme paso, por favor, soy doctora – fue lo primero que Arthur recuerda haber oído al recobrarse. – Que alguien me traiga un vaso de agua y un poco de azúcar ¿Se encuentra bien, señor? ¿Puede oírme? – le preguntó una voz femenina extrañamente familiar.

– Sì, querida, puedo oírla. Ayúdeme a levantarme por favor. Pero, ¿qué me ha pasado? – preguntó Arthur frotándose la cara con las dos manos. – Iba a sentarme en mi sitio – mintió – y de repente se me oscureció la vista… No podía ver, cerré los ojos y… quizás perdí el equilibrio.

– No se preocupe, no es nada grave – lo tranquilizó la misma voz – Puede que sea la tensión. Ahora siéntese y respire. La acompañaré a su sitio, si me lo indica.

– Sì, por favor. Se lo agradezco – dijo Arthur mientras se levantaba agarrándose al brazo de la mujer desconocida que le había prestado ayuda.

– Yo suelo sentarme allí – dijo indicando la silla en la esquina justo enfrente del escaparate. – He estado sentado allí más de medio siglo.
Pronunció estas palabras con una triste sonrisa en la boca y en los ojos la nostalgia de quien sabe que ha llegado el momento de despedirse de algo – o de alguien.

La silla llevaba un tarjeta de latón con su nombre y era el regalo que los chicos del Griffin le hicieron por su noventa cumpleaños y su pinta número treinta mil.

– Es un buen sitio – observó la doctora – Llega mucha luz y… – y se quedó sin palabras delante del primer plano de la casa de su madre: la fachada recién pintada, las ventanas con aquellas cortinas con flores que nunca le gustaron, y el jardín ya listo para el invierno pisoteado por el vaivén de demasiados desconocidos trajeados.

– Sì, ¡la luz que rellena este rincón es lo mejor! – exclamó Arthur, intentando rellenar el silencio que se había producido inesperadamente.

Los ojos de la mujer ahora flotaban en las lágrimas que, contra toda ley física, le velaban la mirada sin desbordar.
Para minimizar la situación, Arthur suavizó su voz y, dirigiéndose a la mujer, dijo – ¡Quién me iba a decir a mi que hoy la vista sería mejor hacia dentro que hacia fuera! Por favor, haga feliz a un viejo y siéntese usted en mi sitio: el poco de luz que llega hasta aquí esta tarde tan fea le sienta mejor que a mí y, al fin y al cabo, a un viejo como yo ya no le queda nada que mirar allí fuera.

Las palabras de Arthur, unidas a su expresión ingenua y a la vez avispada, lograron que la mujer levantara las mejillas guiñando un poco los ojos, así que al final las lágrimas desbordaron fluyendo entre los cauces arrugados de una tierna sonrisa.

– Tu pinta campeón, chilló Don acercándose.

– No, hoy no Don – replicó Arthur sin mirarlo – Tráeme un doble de los buenos. Sin hielo, por favor.

Don se quedó pasmado, a medio camino entre la barra y la mesa de Arthur, con la cerveza entre las manos dudosas. Jamás Arthur había pedido un whiskey.

– ¿Me permite invitarla a una copa? – preguntó a la mujer que ahora se le había sentado enfrente.

– Por qué no – contestó ella después de secarse las lágrimas aliviada, cómo un poco más fresca.

– Entonces Don: lo que desee la señorita… – y volvió a mirarla a la espera de oír su nombre.

– Sofía Stein – dijo ella acompañando su nombre con una expresión sinceramente cordial – Y ¿usted es?

– Arthur Reid: encantado de conocerla – dijo él tendiendole la mano.

– Lo mismo digo, señor Arthur Reid – contestó Sofía estrechandola con vigor. – Tomaré lo mismo que él – dijo sin quitar la mirada de la cara alentadora del viejo – Y, Don: a mí tampoco me gusta el hielo.

Se rió, y se rieron todos.

Mientras Don volvía detrás de la barra intentando recordar alguna marca de whiskey decente, Arthur y Sofía se ausentaron por unos instantes, dejando en la mesa dos cuerpos inertes que miraban sin ver.
La primera en volver fue Sofía.

– Discúlpeme, Arthur, pero, a pesar de mi edad y de mi profesión, sigo todavía sin acostumbrarme a la muerte – dijo mirando fuera hacia la casa de su madre.

– Entiendo – suspiró Arthur, y asintió fijando su mirada transparente en ella. – Está en el orden natural de las cosas rebelarse a la muerte mientras se siga con vida. Pero, cuando alguien llega a mi edad se da cuenta de que la muerte es un fenómeno que no concierne a los vivos, no nos atañe, porque nadie realmente muere. Todas las veces que alguien muere, en realidad es la muerte que muere.

Se quedó sin hablar un momento como reflexionando sobre lo que él mismo acababa de decir. Intentó poner todas sus fuerzas en el esfuerzo de creer en sus propias palabras y no lo logró. Así que admitió – Desgraciadamente, tampoco esto sirve para acostumbrarse a la muerte. Quizás sea útil para comprenderla, pero no para aceptarla.

La nostalgia volvió a apoderarse de la mesa. Afortunadamente, Don llegó con las bebidas en el momento más apropiado.

– Salud – dijo Arthur levantando la copa.

Sofía acompañó el brindis con un amplio gesto de la cabeza y se llevó la copa a la boca.
Bebieron despacio y a la vez, saboreando detenidamente la humillación de la lengua que ardía bajo el picor de la malta.

– De todas formas señorita – siguió Arthur con un tono irónicamente serio – ¿no querrá usted hablar de estos temas con un viejo que acaba de cumplir noventa años?

Sonrieron ambos con complicidad.

– Hábleme más bien de usted y de su vida, de lo que hizo ayer y de lo que hará mañana.

– Ah, mi querido Arthur – exclamó Sofía, intentando esconder con el sonido de una risa el ruido de su amargura – no estoy segura que quiera oírlo. Ayer me pelee por enésima vez con mi marido y mañana probablemente le pediré por fin el divorcio: si antes o después de haber enterrado a mi madre todavía no lo sé. No le cuento más para no estropearle la tarde. Hoy se ha muerto mi madre y a pesar de esto no estoy segura de poder afirmar que este sea el peor día de mi vida. La conclusión es que mi vida es un verdadero desastre.

– No diga esto, Sofía. Su vida no es para nada un desastre; ni la suya ni la de nadie. La vida no es un desastre y tampoco una obra perfecta; no es difícil ni fácil, ni hermosa ni fea, ni buena ni mala, ni justa ni injusta. La vida sólo es muy peculiar.

– ¿Usted cree? – preguntó Sofía.

– Lo creo – contestó Arthur.

– ¿De verdad?

– De verdad. ¿Cómo cree sino usted que haya podido llegar yo a los noventa?

– No sé, dígamelo usted.

– Pues, viviendo conforme a las peculiaridades que la vida me ha proporcionado.

Sofía se quedó mirándolo con la cabeza ligeramente inclinada y las cejas arrugadas bajo el peso de la perplejidad.

No lo entiendo – fue su conclusión.

– Intentaré explicarme mejor – dijo Arthur bebiendo otro sorbo de whisky antes de seguir. – Por ejemplo, al contrario de usted, yo nunca me casé ni tuve hijos.

(Sofía se quedó muy sorprendida. Se había imaginado a Arthur rodeado de unos cuantos hijos y un montón de nietos enamorados de su abuelo.)

– No obstante, llevo setenta y dos años dos meses y catorce días enamorado de una mujer que nunca conocí, con la que nunca he hablado y que ahora resulta estar muerta.

El silencio de Sofía fue como una autorización a continuar. Y Arthur continuó.

– Nací en Wermley en 1922, hace casi un siglo, y en Wermley he vivido toda mi vida sin tener nunca la necesidad de ir más lejos. Siempre he sido una persona muy simple, no sé si por carácter o porque la vida de mí decidió que fuera así.

Dejé la escuela a los catorce años para ir a trabajar como obrero ganando siete libras y seis céntimos para ochenta horas semanales. Entonces eran otros tiempos: acabábamos de salir de una guerra para ponernos en otra y la vida era muy distinta. También lo eran las personas. Había pocas necesidades y casi ninguna exigencia. Los días eran sencillos y llenos de atrocidades y la prioridad era acabarlos quedándose con suficiente vida para los siguientes.

Cada uno tenía un rol, una función, un lugar en un mundo que casi nunca se extendía más allá del horizonte visible. El hecho de no haberlos elegido representaba un alivio a lo largo del día y un tedio por la noche, cuando algunos residuos de energía inexplicablemente inutilizada lograban depositarse bajo la forma de sueños.

La primera vez que entré en este pub era el 1940. Mientras Londres se ahogaba bajo sus mismos escombros, en Wermley no había caído ni una bomba así que pude cumplir mis dieciocho años sin demasiadas dificultades, fingiendo no oír los gritos de los cuerpos sepultados y mutilados que llegaban hasta el valle transportados por el río. Ahora por fin ya no tenía que esperar que alguien se olvidara de acabar su cerveza para beber lo que quedara escondiéndome como un ladrón!

Era una tarde fea y fría como esta y nunca supe si los relámpagos que amarilleaban las nubes eran el aviso del temporal que se acercaba o la señal de que otro barrio de la capital acababa de desaparecer para siempre. Lo que sí sé es que, después de un rato, la lluvia empezó a caer como una ráfaga de proyectiles sobre el perfil borroso de la ciudad.

Llevaba despierto desde las cinco de la madrugada y me sentía suficientemente cansado para pensar de merecer un descanso. A las tres en punto entré en este pub y, con la ropa llena de barro, la cara manchada de polvo mixto a sudor y las manos torturadas por el frío, crucé el pasillo desde la puerta hasta la barra, pedí una Courage y me senté para beberla despacio en la silla en la que está usted ahora.

Fue entonces cuando la vi.

Para decirlo mejor, fue mi cuerpo quien la vio y me avisó. Hasta entonces nunca me había fijado en una mujer de aquella forma. No sé si puedo decir que me enamoré por primera vez, pero nunca volví a experimentar la misma sensación de hormigueo que invadió primero mi estómago y luego el resto de mi cuerpo. Ni siquiera con Laura, la hermana mayor de un compañero del trabajo con la que salía de vez en cuando. Y tampoco con Paula, la hija del vecino que por una caja de cookies del bar de al lado, te la meneaba un rato o te enseñaba sus tetas espantosamente grandes bajo las escaleras del sótano.

Me pasé un año viniendo aquí todos los días en el descanso a tomar mi cerveza y ver pasar por delante del escaparate a la chica más hermosa que había visto jamás.

Me sentía bien con sólo mirarla. Y de hecho nunca se me ocurrió dirigirle la palabra, también porque en aquella época ella no llegaba a los quince años.

Al cabo de ese año decidí que podía esperar a que la chica se hiciera mujer y me fui a la guerra para defender algo que nunca tuve lo suficientemente claro para creer en ello como los demás. Cuando volví, los dos teníamos cuatro años más, y mientras a mí me sobraban unos cuantos recuerdos inolvidables que todavía no he logrado borrar de mi cabeza, a ella le sobraba un marido. Así que me quedé allí sentado y sin palabras como alguien que a la vuelta de una larga excursión regresa a su casa y se encuentra delante de un cúmulo de escombros que nunca reconocería si no fuera por el sofá flotando entre los restos.

Después de una larga reflexión, llegué a la conclusión de que un poco es mejor que nada. Por esto decidí seguir así, limitándome a observarla un poco todos los días, sin remordimientos ni arrepentimientos. Así que, a lo largo de setenta y dos años dos meses y catorce días, la vi reír, la vi llorar, la vi plantar flores y la vi cantar; la vi pensar, la vi dormir, la vi gritar y tirar puños en el aire; la vi comer, la vi besar, la vi correr y andar con la compra; la vi beber, la vi bailar, la vi vivir y la vi morir.

– Todo esto me parece increíble, Arthur – dijo Sofía con una expresión atónita – No estoy segura que pueda entenderlo. No sé explicármelo; ni siquiera imaginarlo. Debía de ser una mujer realmente extraordinaria. ¿Cómo era, Arthur? Háblame de ella.

– Su pelo era rubio como la miel. Tenía la piel lisa como las piedra del río y sus ojos eran dos escaparates enormes y transparentes. Llevaba por las calles un cuerpo alegre y lozano de un modo que era a la vez imperceptiblemente desarticulado y resolutamente desenvuelto. Me encantaba verla pasear.

Arthur se detuvo un momento para saborear los recuerdos que su memoria estaba proyectando en la pared justo detrás de las espaldas de Sofía. Hizo un esfuerzo para volver a la realidad enfocando la mirada sobre la cara concentrada de la que podría haber sido su hija y, como para estar seguro, quemó lo que quedaba de aquellas imágenes borrosas con otro trago de whisky.

– Ya sé que acabo de decir una serie de banalidades estereotipadas que no describen a nadie en concreto, de lugares comunes que se pueden hallar en cualquier novela barata. Pero creer que pueda hacerlo mejor sería como creer que un esquimal puede explicar la nieve a un negro de África. Y yo no lo creo. Mi escasa confianza en las palabras me impide creer que esto sea posible. Las palabras tienen sentido sólo dentro del espejismo de la comunicación. Si fuésemos conscientes de lo profundamente inútil que es hablar, la mayoría de las veces nos callaríamos todos dejando que el acontecer de las cosas hablara por nosotros sin ningún inútil corolario, así como tiene que ser. Sin embargo nos empeñamos todos los días en explicar la nieve a los africanos, sin darnos cuenta de que las imágenes de las cosas no son las cosas mismas ya que no acontecen. Y algo que no acontece no supone ninguna implicación, porque no puede constituirse como experiencia, aquel lugar donde lo arbitrario cobra sentido a través de un acto de libertad.

A esta altura, los ojos de Sofía habían cesado de pestañear. Arthur se dio cuenta de que el discurso se le había ido de las manos y le dio vergüenza.

– En fin, todo esto para decir que lo que me interesa de verdad es describirle a la única mujer que quizás haya querido en mi vida no para que usted pueda verla como yo la vi, sino para que usted pueda quererla como yo la quise. Pero las palabras no son suficientes para convencerla de venir aquí, a este pub, todas las tardes durante setenta y dos años para que se quede mirando, con una cerveza entre las manos, la vida sin usted de un ser a quien quiere con toda su alma.

Y después de una pequeña pausa añadió – ¿Verdad? – como si quisiera estar seguro de que esto realmente no fuera posible y usar esta imposibilidad como defensa contra cualquier sospecha de locura.

Sofía se quedó mirándolo un poco trastornada. Ahora estaba pensando en ella. Pensó en su madre que acababa de morir y en su padre al que le faltaba poco, y en la vida que tuvieron juntos. Pensó en sí misma y en el marido que quería dejar un día sí y otro también desde hace demasiado tiempo. Pasó revista de todas las parejas de amigos y parientes que conocía y se dio cuenta de repente de la pobreza emocional con la que la mayoría de la gente de su entorno se relacionaba. Dios mío, ¡era espantoso!

La imagen del amor como diaria superposición de finas capas de neurosis y aburrimiento la aplastaba. Todo lo maravilloso que había sido la relación con su marido se había convertido sin que se diera cuenta en una hoja seca de castaño olvidada entre las páginas de un libro lleno de polvo que había sido cerrado antes de ser escrito.

De repente se sintió más triste por sí misma que por el cuerpo de su madre que yacía sin vida, inmóvil y frío en una cama al otro lado de la calle, y entonces le pareció claro lo que Arthur le dijo sobre la muerte: que no nos concierne, que nosotros no morimos, que el morir es la muerte de la muerte.

– Verdad – le dijo entonces con un arranque de apego que a duras penas logró contener – Pero ¿sabe qué? Quizás no haya logrado convencerme en venir aquí todas las tardes para verla a ella, en cambio sí estoy segura que vendría aquí todos los días para verle a usted.

– Oh, querida usted es muy amable, pero ¡no sabe lo aburrido que podría ser un día entero conmigo! – contestó Arthur carcajeando – Por su suerte, no serían setenta y dos años sino setenta y dos días como mucho.

Se miraron en los ojos y se abandonaron en una larga y sonora risa.

– Creo que ha llegado la hora de que me vaya, Arthur – dijo Sofía un poco entristecida.

– Claro, claro – dijo Arthur con premura mientras se levantaba de la silla – Ha sido una tarde estupenda, pero me imagino que tendrá muchas cosas que hacer.

– Sí, desafortunadamente sí. Tengo que organizarlo todo para el entierro de mañana.

– Y luego, ¿qué hará?

Todavía no lo sé. Creo que volveré a mi casa, a vivir como puedo lo que me queda.

– Entonces espero que le vaya bien, Sofía.

– Yo también. Hasta la próxima, Arthur.

– Hasta la próxima, Sofía.

Cuando Sofía cerró la puerta del pub a sus espaldas, Arthur volvió a sentarse en su sitio de siempre para ver como entraba en la casa de la única mujer que jamás se le ocurrió querer y que ahora estaba muerta. Luego, terminó su copa de whisky con un último trago, recogió sus cosas y se fue.

Desde entonces, nadie volvió a verlo por  las calles desiertas de Wermley.

(A real regular! Pensioner, 90, has visited his local pub EVERY DAY for the past 72 years and supped an incredible 30,000 pints)

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