Cachemira

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Ser nada más: la nada es esto. Ser nada más allá de la propia soledad, con un toque de locuacidad. ¿Y para qué?

Desde el día en el que tuve la impresión de haberlo entendido todo de un golpe cambiaron muchas cosas.
Empezó así: era de noche y lloraba en un huerto. Era verano. Estaba sentado sobre una piedra bajo la copa de un manzano marrón. Cuando D. vino a buscarme, ya no quedaba nada por decir. Imaginar el día siguiente: hacer de nuevo las mismas cosas, del mismo modo, otra vez, como si nada hubiera pasado. Imposible. Las palabras por pronunciar se anidaban bajo las múltiples variantes de un dolor que doblegaba al silencio cualquier discurso. Hacía falta poner orden. Continue reading Cachemira

Si fueras una copa, bebería hasta el fondo

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a r.

Quizás porque destiñen en su tinta
da voz a las palabras que no acierto
el ruido de las cosas, los intentos.
Por esto entonces callo y no te digo
la foto que me mira en el despacho o
la imagen del hoyuelo en tu mejilla,
ni cuento mis mañanas sin el miedo
por levantarme con los días despiertos.

Pero podría decirte por ejemplo
de nuestro desayuno en la cocina
de la mirada quieta en la rutina
que queda en paz aunque quiebre todo.
También podría decirte que he elegido
que tuyos sean los ojos, la mirada
delante de los que dejar al tiempo
el tiempo de agotarme sin vergüenza.

Amarte es un modo de cumplir con el sentido
la forma de quedarse en el abrazo de la casa
aunque las paredes tengan grietas por doquier.

Si fueras una copa, bebería hasta el fondo.

Aquí nadie es feliz

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Aquí nadie es feliz ni siquiera en Navidad.

hay un hueco entre tus dientes que casi cabe un tren
me lo creo que no te ríes ni siquiera por error.

A dónde coño vas como un bobalicón
con este puño arriba que aprieta cuatro moscas?

Decir cosas hermosas no quita la halitosis
y baja este brazo que te sudan los sobacos.

Con los ojos embetunados ves el mundo sólo en plazos
por esto luego el daño siempre te parece poco.

Mañana es la palabra, esto si logras llegar
contaminar los cuerpos es la gran revolución.

Los abrazos cohibidos por el hedor a piel
sólo es el resultado de los descuentos del jabón.

Si quieres acercarte antes que todo desplome
el riesgo es que al caernos gritaremos juntos.

 

Arthur Reid – O la fidelidad

 

Arthur Reid

La puerta del Griffin se abrió a las tres en punto de la tarde como todos los días a lo largo de los últimos setenta y dos años.

Fuera, el gris del asfalto se mezclaba con el del aire frío que despedía al otoño con una espesa capa de niebla noviembrina. Detrás de la tupida llovizna inglesa, apareció Arthur empapado hasta las gafas, intentando cerrar el maldito paraguas antes de entrar con toda la prisa que su cuerpo noventañero le permitía.

Sin que la urgencia de un refugio alterase mínimamente su contención británica, cerró con premura la puerta sobre las calles desiertas de Warmley, se limpió los zapatos mojados encima de un educado felpudo que decía Hello y dejó el paraguas a escurrir en una esquina a un lado de la entrada.
Lo hizo todo con el cuidado de un hombre diligente que acaba de regresar a su propia casa y, al fin y al cabo, el Griffin había sido su segundo hogar a lo largo de más de siete décadas. Continue reading Arthur Reid – O la fidelidad

Metrópolis

con estos edificios ya no se ve el futuro
son muchos en los balcones tomando las medidas
¿mas cómo hemos podido – con toda esta gente
en las orgías de cruces y coros de blasfemias
y el metro como un carnero – terminar tan solos?

leí* que en Nueva York la semana pasada
en veinticuatro horas nadie tuvo el tiempo
de matar a nadie que si eso fuera
un signo o el comienzo de algo asumiría
el riesgo de un paseo.

ahora con la crisis ni encienden los faroles
aprietan cinturones – al cuello es más noticia
dice el telediario que hay que estar alerta,
los ojos bien abiertos, las manos en los bolsillos
cumplir con los impuestos, mirar hacia delante.

¿y delante qué se ve?

 

 

ahora quédate si cuentas con quedarte sentado
a leer en los periódicos lo que te acontece.

 

 

 *New York City Has Day With ‘No Violent Crime’, For First Time In History, The Huffington Post UK, 29 Noviembre 2012.

 

Trabajar cansa n.1: Víctor

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Todo empezó a complicarse irremediablemente cuando el amplio abanico de opciones disponibles con el que solía orear sus jornadas se redujo sin preaviso en un esmirriado número de posibilidades que exigían una elección sin demora.
Pasó de repente, por la mañana. Había transcurrido alrededor de cuatro años desde la última crisis económica que arrastró al mundo en un báratro financiero cuando, un día como cualquier otro, mientras varios miles de brokers del planeta hacían felices a unas pocas docenas de afortunados millonarios del mismo planeta, por primera vez después de un tiempo que había dejado de medir, Víctor se despertó sin aquel sutil azoramiento sepultado en un recoveco del estómago al que se debía aquella crónica sensación de náusea que le había acompañado a lo largo de todos los días que lograba recordar.
Se quedó en la cama boca arriba, con los ojos hacia el techo observando como la luz, filtrando por los agujeros de la persiana entreabierta, se tragaba la sombra de la habitación. Entonces se acordó que le habían despedido.
Debido a una inaplazable reestructuración de la empresa necesaria para superar las difíciles circunstancias de este período tan complicado, le dijeron. Le dijeron sentimos mucho que tengas que ser tú, y quizás era verdad. Le preguntaron si tenía alguna consulta; él les estrechó las manos, recogió sus cosas y se fue sin protestar. Continue reading Trabajar cansa n.1: Víctor

Tramell contra Tramell

Y la tortura existe. Y las flores de romero existen.
(A. Inglese, La distrazione, 2008)

 

Lo normal es que uno piense que el mal también es feo. Sin embargo, hay veces en las que lo monstruoso, lo horrendo, se resguarda ocultándose bajo unas insospechables capas de hermosura. Una de estas lleva el nombre de Eric Gaspard P. B. Tramell[1].

La primera vez que lo vi fue hace un par de meses. Acababa de ser trasladado y estaba sentado detrás de un escritorio de acero resplandeciente, dentro de una habitación vacía y sin ventanas. Me estaba esperando sin saberlo, con las piernas cruzadas la espalda recta y la mirada perdida en algún lugar detrás de sus muñecas esposadas, caídas encima de la mesa.

Me acuerdo muy bien de aquel día.
Me acuerdo que, antes de entrar, me quedé observándolo a través de la pared de espejo, escrutando aquel cuerpo quieto sentado en aquella habitación como en un templo, y pensé que yo no pintaba nada allí, que las neurosis posmodernas con las que me había acostumbrado a enfrentarme en mi trabajo diario no tenían nada que ver con lo inhumano escalofriante.
Me acuerdo que me pregunté qué significa inhumano, sospechando que la idea que todos tenemos de lo humano sea en realidad un fantasma, una fantasía, un concepto parcial e impreciso con el que nos decimos cómo debería ser y no como realmente es.
Me acuerdo que pensé que quizás el horror y la repulsión social hacia la crueldad no sean otras cosas sino la forma emocional que asume la estrategia genética de la repugnancia con la que nos defendimos de nosotros mismos, de nuestra propia naturaleza, reprimiendo un deseo oculto que nos habita a todos.
Me acuerdo también que temí la ambigüedad del miedo que estaba experimentando; aquel miedo que sentimos todos cuando nos encontramos delante de la fatalidad de lo inexplicable que nos hace pensar que nos podría pasar lo mismo, sin especificar si este mismo se refiere a la posibilidad de ser matados o a la de matar.

Luego, por un momento, por al menos un instante que me pareció un día entero, dudé: dudé de mi, de mis pensamientos, de mis sentimientos; dudé de mi mujer y de mis padres; dudé de mi hermano y de mis mejores amigos; dudé de mis compañeros de trabajo, de mis pacientes y de los vecinos; dudé de la cajera del supermercado donde voy a comprar cada quince días, y del portero que saludo todas las mañanas al salir de mi casa; dudé de todos mis conocidos y también de los desconocido, incluidos los que compartían la habitación conmigo en aquel frangente.
Me acuerdo que fue tremebundo como podría serlo un asesinato. Quizás porque, imperceptiblemente, sin ruido o notas de prensa, ni policía con los guantes ni fotógrafos ni testigos, la humanidad había muerto por un instante, de repente. Continue reading Tramell contra Tramell